DANIEL PALMA

 

Guadalajara, Jalisco. México

Es muy interesante enterarse que Daniel Palma antes de ser escultor fue pintor en su infancia en la famosa escuela que montó Niel James en los años ’70. Pero de grande estudió y se graduó en psicología en la universidad UNIVA de Guadalajara.
Empezó a ejercer su trabajo en la ribera. En esa época, cuenta, no solamente los locos iban con el psicólogo si no que también mucha gente baja en defensas emocionales y con problemas de grave estrés. Fue justamente para bajarle la presión del estrés a sus pacientes que empezó a construir artefactos que invitaban al paciente a tocar el objeto y causar que se moviera para relajarlos. Con las manos siempre había sido hábil, su papá albañil antes de mandarlo a la universidad le pasó su oficio y su mamá el talento artístico ya que nunca dejó de pintar paisajes en su casa sin alguna otra ambición que la del hogar. El taller de mecánico de su hermano fue y queda hasta la fecha su laboratorio.

Ahí las viejas maquinas de coser encuentran alas y se quedan clavadas a una mesa. Las planchas sonríen y las piedras de lajas se vuelven sillas sobre patas de animales o cuerpos de avestruz que un ligero movimiento de la mano hace mover adelante y atrás. Daniel Palma tiene 47 años y en el cuarto de siglo que se ha dedicado al arte hay que recordar tres etapas fundamentales que siguen la ley del siete, una primera en que todas sus creaciones eran móviles e invitaban a causar el movimiento, luego siguió un periodo de reacción al hecho que por todos lados le andaban copiando su mundo animal de piedra y hierro forjado. Se dio cuenta sea él que las galerías de Puerto Vallarta y el DF que lo representaban que realmente no había mucho que hacer.

Trató de afinar más su pieza prolongando el movimiento y creando una serie de bebederos que si se movían pero cuando los pajaritos se acercaban para tomar agua. En esa época el hombre ya no era invitado a tocar para causar el movimiento si no que sencillamente a observar… a los pajaritos tomar agua. La tercera época es reciente se trata de sus enormes sillas con grandes piedras lajas. Las americanas en Puerto Vallarta primero las miran luego la tocan porque la piedra es bien lijada por el agua entonces le preguntan: “May I try it?” (“¿Las puedo probar?) y Daniel le contesta: “Try it” (“Pruébela”).

Si es cierto que cada siete años cambia su piel artística, me pregunto a que nos invitará el escultor Daniel Palma, cuando tendrá 55 años. Hay que esperar con la mente abierta y una dosis de sana curiosidad después de todo nunca dejó de ser psicólogo, muy hábil con sus manos. 

 

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